LA ISLA QUE NO OLVIDA

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Por Luisa Ricart

Toni Riera llegó a Ibiza en 1973 con la intención de quedarse tres días y terminó instalándose cuatro meses. “Recuerdo sentir algo que no había sentido previamente: una libertad absoluta, un tiempo que se estiraba, una comunidad que vivía apartada de normas y un mar infinito”, se sincera. Desde los setenta, la isla ha sido su hogar creativo y su laboratorio vital. Sus fotografías, testimonios de más de cincuenta años, capturan paisajes y fiestas, pero también esos espíritus indómitos que aún ilustran moodboards. Para Riera, Ibiza no es solo un lugar, es un estado mental, un acto de resistencia y un manifiesto de vida.

“Jamás había visto tanta gente que, simplemente, se dejara ser. Aquí todo era posible: amar, crear, reír, llorar, bailar hasta que saliera el sol…”, declara Riera. Y es que ese es un viaje que, si se hace, se hace bien. Desde entonces, ha convertido su cámara en cronista de la transformación, un diario visual que recoge tanto la efervescencia de la Ibiza de los setenta como su latido aún persistente.

La joya de las Pitiusas se le apareció como un plató natural perfecto y le atraparon su belleza desbordante y desordenada, su energía única y su fusión irrepetible de personas (payeses, artistas y soñadores llegados de todas partes del mundo).

Imagen: B&W MOTO

“Era el paraíso del hedonismo y la despreocupación, muy lejos de las estrictas leyes de la sociedad de la época. Para alguien que venía de una España donde casi todo lo bueno estaba prohibido, fue una auténtica revelación”, dice Toni.

La isla enseñaba a contemplar de otra manera, a valorar lo genuino y a despreciar lo superficial. La vida era económica y sencilla: casas sin electricidad, agua de los pozos, huevos de las gallinas y lechugas del huerto. Pero la intensidad de lo que se estaba cociendo superaba cualquier confort material.

Imagen: IBIZA 1970 DALT VILA

“¡Fue increíble cómo los nativos aceptaron a los nuevos ‘peluts’, mientras las costumbres ancestrales se entrelazaban con la psicodelia!”, exclama.

En aquel oasis, los apellidos no contaban; todas las clases sociales tejían redes en un equilibrio casi utópico. Toni rememora: “Un aristócrata podía cenar con un hippie y nadie levantaba la ceja. Éramos actores en un escenario continuo y apenas había espectadores”. Eso es lo que hace mágica a Ibiza: su capacidad de acoger sin juzgar, de permitir que cada uno encuentre su propio camino.

Imagen: IBIZA 1970

“Daba la sensación de que la dictadura de Franco hacía la vista gorda con nosotros. A tan solo treinta minutos en avión de la península, la represión parecía diluirse. Bueno, con algunas excepciones: en la playa de ses Salines, los guardias civiles, agazapados entre las dunas, se entregaban a la caza —o a la pesca —ríe— de bañistas desnudos considerados indecorosos, a quienes multaban con 800 pesetas.”

Justo el mosaico de rebeldía, espontaneidad e ingenio alimentó sus tomas, que hoy funcionan como una polaroid cultural, un fenómeno difícil de traducir en palabras.

Sus instantáneas exhiben el ímpetu, la independencia desenfadada, la vehemencia que todavía define la isla para quienes saben ir más allá del turismo enlatado (Ibiza es Ibiza todo el año, pero nunca Ibiza es tan Ibiza como en otoño y primavera).

Imagen: STORIES

En cinco décadas de trabajo, Riera ha transitado por reportajes, retratos, moda, campañas publicitarias y libros, siempre con el archipiélago del Mediterraneo como inspiración.“Cada calle, cada cala, cada vecino tenía algo que transmitir, algo que contar. No había rincón que no mereciera ser observado”, confiesa. Sus fotografías no eran encargos ni perseguían notoriedad; eran fragmentos de un universo que él deseaba preservar, testigos de una mística colectiva que forma parte de la memoria balear.

La Ibiza de entonces era un crisol de vigorosa cotidianidad; tiempos de ruptura y experimentación. La creatividad, la amistad y el amor se expresaban ajenos al qué dirán. “Aprendí a vivir como quiero, desprendido de pedir permiso y del temor a ser distinto. Esa es la lección que guardo de la isla”, explica Toni. Además, ese aprendizaje trascendía lo artístico: impregnaba la forma de relacionarse, de celebrar lo costumbrista y de hallar sentido en la sencillez.

Imagen: CENA MARIA ANTONIETA

Resulta obvio, no se trata exclusivamente del entorno; se trata de cómo este nos transforma. ¿El mensaje? Otea sin prisa, atiende sin prejuicios, brinda sin mesura y desarmarte sin pudor. Al final, los límites nos los auto imponemos, la rutina no determina la plenitud y la verdadera inteligencia surge de aceptar la imperfección.

Al mirar atrás, Toni mezcla melancolía y enfado. “Se vivía en armonía con la naturaleza; existía una gran estima por el medio ambiente. Todavía no había irrumpido la especulación inmobiliaria que lo cubre todo de ladrillo y cemento. Habría que hacerles un monumento con los cascotes residuales a los políticos que lo han permitido y colocarlo en alguna de las rotondas que tanto ‘adornan’ la isla. ¡Esto me cabrea!”.

“El talento de saber nombrar las emociones”, pienso al charlar con él. ¡Qué aliviador es escuchar a alguien hablar alto y claro! Las cosas que no decimos no desaparecen sin más, se nos carcomen por dentro y marchitan cualquier gozo.

Imagen: HIPPIE

De vuelta nuestro protagonista, ya con un tono más alentador: “El ADN de Ibiza no ha muerto; si no que permanece más oculto. Me consuela creer que, mientras haya quienes la disfruten como yo, su esencia se mantendrá intacta”. Por eso sigue desafiando a la modernidad y a las masas: una proclama que sugiere que la isla es, antes que un destino, una forma de estar en el mundo.

Reflexionando más allá de la fotografía, Riera advierte que la joie de vivre no depende de comodidades, horarios o estatus, sino de aceptar lo que somos y lo que hemos atravesado. De la capacidad de entregarse al presente y abrazar la filosofía del kintsugi: asumir el ahora como un jarrón reparado con oro, donde las grietas no se esconden, se celebran como huellas de historia y resiliencia. Un saber por el que, en 2026, pagamos carísimos psicólogos, nos suscribimos a ridículos podcasts y malgastamos las horas en absurdos talleres de desarrollo afectivo.

Imagen: PAULA`S

En contraposición a una actualidad que a menudo prioriza el espectáculo y que corre a todas partes (a veces sin rumbo fijo), Ibiza fue un santuario para saborear lo efímero y honrar la transitoriedad. Quienes la visitaban no solo recorrían playas o senderos; se descubrían a sí mismos en el reflejo del otro.

Motivo por el que la Ibiza que retrató Riera no figura en mapas ni en guías; habita en quienes la inhalan con respeto, curiosidad y pasión. Mientras eso ocurra, su legado permanecerá intacto.

Imagen: MONTESOL

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