ADIÓS AL MAESTRO DE LA ELEGANCIA
Por Laura Martínez
Valentino Clemente Ludovico Garavani, más conocido como Valentino, nos dejó el pasado 19 de enero, pero su legado será eterno. Su pasión por la feminidad y esa búsqueda perpetua e incansable de la belleza le acompañó durante sus 93 años. Hacemos un repaso sobre la obra de arte que fue su vida y recordamos sus momentos más icónicos en el mundo de la moda.

“Una mujer vestida de rojo, nunca de equivoca” solía decir el modisto italiano. El rojo representaba para él la fuerza, su talismán. Le gustaba especialmente para la noche -recordemos aquel vestido escote palabra de honor con el que vistió a Jennifer Aniston en los Oscar de 2013- e incluso llegó a tener su propio color rojo, el ‘rojo Valentino’: una mezcla entre carmín, púrpura y cadmio que acompañó a la inigualable Liz Taylor en su matrimonio número ocho (el último) con Larry Fortensky en 1991.

Valentino ha sido el creador de los sueños de numerosas divas de Hollywood para pasearse por la alfombra roja; desde Sofía Loren -quien más tarde le dejaría con el corazón roto al ‘traicionarlo’ por Armani- pasando por la ya mencionada Jennifer Aniston, Gwyneth Paltrow, Cate Blanchet o Julia Roberts, siendo estas dos últimas, además, ganadoras de la estatuilla dorada enfundadas en sendos vestidos inolvidables diseñados por el maestro italiano. Su relación con divas de toda índole definió la clase y la elegancia de sus diseños, demandados por princesas, herederas, reinas y divinas de todo el mundo. Una de esas divinas internacionales, fue Jackie Kennedy, quien dio el ‘sí quiero’ para convertirse en Jackie Onassis vestida del modisto italiano. Pero quien le puso en el punto de mira de la realeza, fue el diseñador Jean Desses, -artífice del vestido de novia de la Reina Sofía- gracias al cual conoció a la que sería una de sus más fieles clientas: La Condesa Jacqueline de Ribes, apodada la ‘Nefertiti moderna’ a quien ayudó a perfilar su icónico y particular estilo.

La historia de Valentino está cosida a algunos de los nombres más míticos de la moda del siglo XX. Tras su etapa formativa en París —donde pulió su visión junto a Guy Laroche—, el diseñador cerró capítulo francés para iniciar el más importante: el regreso a casa. En 1959, Valentino reconquistó Italia con firma propia y un gesto cargado de simbolismo: abrir su maison en la Via Condotti de Roma. No era una calle cualquiera. Allí donde Bulgari había plantado bandera décadas antes, acabarían alineándose los grandes nombres del lujo italiano —Armani, Prada, Gucci, Dolce & Gabbana o Louis Vuitton—. Valentino no llegó para seguir la historia, sino para escribirla con elegancia romana y ambición internacional.

Frente al enfoque andrógino de Giorgio Armani —que suavizó el traje de chaqueta y liberó los volúmenes—, Valentino optó por subrayar la feminidad en su máxima expresión. Sublimó la silueta femenina con tejidos etéreos, la ciñó como a una diosa clásica —griega o romana— y la elevó a un ideal de sofisticación absoluta. Su lenguaje no era el clasicismo reinventado de Karl Lagerfeld ni la teatralidad audaz y visionaria de un joven John Galliano, sino otro tipo de grandeza: la de una elegancia serena, atemporal y profundamente romana.
Valentino supo rodearse y dejarse inspirar por mujeres que entendían la moda como una actitud. En España, su conexión con Naty Abascal fue pura química creativa: se conocieron en Nueva York a mediados de los sesenta y, desde entonces, se convirtieron en aliados naturales. A su alrededor orbitaban figuras como la modelo Rosario Nadal y, por supuesto, la reina Sofía, que encontró en sus diseños una forma de elegancia silenciosa y poderosa.
El maestro se retiró como había vivido toda su carrera: con elegancia, control y una puesta en escena impecable. Vendió su firma en 1998, pero permaneció al frente hasta despedirse definitivamente una década después, con un desfile histórico en París, la ciudad donde siempre entendió la moda como un acto de amor. Poco antes, Roma le rendía homenaje con una gran retrospectiva en el Ara Pacis, un escenario a la altura de su legado. En 2009, ese adiós quedó inmortalizado en Valentino: The Last Emperor, el documental de Matt Tyrnauer presentado en Venecia que retrata tanto al diseñador como a su inseparable Giancarlo Giammetti, socio, compañero y cómplice de una vida marcada por la belleza, el lujo y el savoir vivre.

Tras su retirada, la casa pasó por varias manos inciertas hasta llegar, en 2024, a las de Alessandro Michele: Romano, hedonista y profundamente narrativo, su llegada confirma algo que Valentino siempre supo: algunas casas no envejecen, solo cambian de voz. Ahora sí, podemos confiar en que su legado eterno está en el lugar correcto.
